
En tren de confesiones, hoy, mientras alguno se acuerda y me saluda por el día del periodista en Argentina (algunos saben por qué es hoy, otros porque se enteraron a través de los medios de comunicación, porque los periodistas queremos que todos sepan que el 7 de junio es el día del periodista, para que nos digan "¡feliz Día!"), no puedo dejar de recordar a alguien que conocí hace dos años y que murió el 29 de octubre de 1911.
Era una mañana de febrero, y hacía mucho calor... La que escribe estaba por cumplir un año más, y se estaba reponiendo de unas vacaciones muy muy locas... A pocos días de comenzar otra vez con el trajín del año en Buenos Aires, me fui a buscar literatura buena y barata por canje en una librería de Villa del Parque...
Lo que llevé me daba para agenciarme de un par de novelas rosas pasatista, y quedaba un margen de dos pesos a mi favor. Según palabras del librero.
Me dirigí por indicación del dueño del local a la mesa de saldos que nadie se quiere llevar, a juzgar por el precio de los volúmenes allí arrinconados. Un libro un peso...
Nada que valga la pena. Ni siquiera un peso... pero casi al final de la mesa vi algo que llamó mi atención: "Joseph Pulitzer, el creador de la Primera Plana". ¡Sin dudarlo lo tomé y me fui feliz a mi casita!
Empecé a leer, siendo absolutamente consciente de que nada sabía del personaje, y en ese momento tomando nota de lo raro que eso era, dado que estudié durante cinco años una licenciatura en periodismo, y que, obviamente, es asiduo mi trato con periodistas de uno u otro ramo de la profesión.
La historia del húngaro que llega a Estados Unidos cuando era todavía un adolescente, sin saber ni una palabra de inglés, sin tener dónde vivir, y sin tener un ingreso fijo me apasionó. A los tres años, el señor era abogado, y al poco tiempo debuta como cronista de un diario zonal. De allí, quien había resignado almuerzos y cenas a fin de poder pagar libros para instruirse, dio el gran salto y se consolidó como el inventor de la nota de tapa como la conocemos hoy todos los habitantes del mundo. Dueño y director de The World, Joseph Pulitzer era ya un empresario de la prensa que marcó tendencia. Criticado, y amado por los lectores, que no dejaban de preferir sus notas sensacionalistas a las aburridas y estiradas primeras planas de la prensa tradicionalista.
Curioso e inquieto como pocos, se dedicó también a la política, y de ese modo se enteró que la estatua de la Libertad que el pueblo de Francia le había obsequiado al pueblo de Estados Unidos estaba todavía en Francia porque el gobierno norteamericano no liberaba el dinero suficiente para erigir el pedestal necesario donde ubicarla…
¿Cómo podía permitir eso Pulitzer? ¡De ningún modo! Inició una cruzada desde su diario World, para que los lectores pusieran lo que pudieran de dinero y llegar de a centavos a los 100 mil dólares que se requerían para la construcción del pedestal.
Y allí, entonces, la indignación comenzó a ser mía. ¿Cómo podía ser que me estaba enterando de todo esto por el hecho azaroso de que en un verano caluroso, aburrida, fui a cambiar libros usados en una librería de saldos? ¿Cómo ningún profesor de facultad me informó jamás sobre este titán del periodismo?
Comencé a preguntar, desde esa lectura, a mis colegas, periodistas y docentes, sobre mi nuevo conocido, el señor Joseph Pulitzer. La respuesta jamás varió: “Sé que es el del premio, pero la verdad que no sé nada más”.
De allí pasé a cuestionar a estudiantes de la carrera, y la respuesta era la misma, cosa lógica si partimos de la base de que sus docentes tampoco sabían mucho.
Todos conocían a Truman Capote, y a Tom Wolfe… ¿Qué hubiera sido de ellos y de nosotros si no hubiera estado antes Pulitzer diciendo que un gato que hace que un pueblo se quede sin luz por meter la pata donde no debe es tan noticia como lo que sucede en el senado?
Pero lo que más me divertía, al tiempo que me indignaba, era que todos sabían de la existencia de los premios Pulitzer… Todos los periodistas soñamos con ganar uno, más en lo profundo de nuestro ser o más manifiesto, ese es un objetivo que todos querríamos alcanzar… Dinero y reconocimiento mundial entre los hombres de prensa.
Reconocimiento que no le estamos dando, al menos en el ámbito académico argentino, al propio Joseph Pulitzer.
Él, como autodidacta forzado, supo decir "la única profesión del mundo para la que no se necesita formación alguna es la de idiota; para todo lo demás hay que estudiar". Pero nunca olvidó que él no pudo pagarse ningún estudio. Por ello, cuando llega a la conclusión que para ser periodista había que ir a la universidad, tuvo presente la realidad de muchos jóvenes que, como él en su juventud, tal vez no podrían solventar sus estudios por problemas de dinero. Fue entonces que Pulitzer ofreció al presidente de la Universidad de Columbia, Seth Low, financiar la primera escuela de periodismo del mundo.
Los pruritos que suscitaba la nueva forma de hacer periodismo inaugurada por Pulitzer hicieron que su dinero no fuera aceptado. En 1902, ya con el nuevo presidente de la Universidad, Nicholas Murray Butler, se aprobó el proyecto de crear la escuela de periodismo y de ofrecer premios, a modo de beca, para todo aquel que se viera privado de estudiar por carecer de dinero.
Pero Pulitzer no llegó a ver a su propuesta ya hecha realidad. Sólo después de su muerte, los 2 millones de dólares testados a favor de la universidad permitieron que en 1903 se abriera la Columbia University Graduate School of Journalism (la escuela de periodismo), que sería una de las más prestigiosas del mundo, aunque ya no fuese la primera por haberse creado antes la de la Universidad de Missouri.
Hoy, en el día del periodista argentino, un recuerdo agradecido al padre del periodismo moderno. Al que conocí por azar. Y eso para mí, ya fue un gran premio.
